Cuando la pantalla deja de ser una herramienta: dependencia digital, redes sociales e inteligencia artificial

Móvil del que brota una planta: recuperar el control sobre las pantallas. Vinkula Psicología

Vivimos rodeados de pantallas. Con ellas trabajamos, estudiamos, hablamos con quienes queremos, compramos y buscamos respuestas. Y en muy poco tiempo hemos sumado algo todavía más potente: la inteligencia artificial, que ya no solo encuentra información, sino que la resume, la explica y hasta escribe y razona con nosotros.

La tecnología no es el enemigo; nos ha abierto un mundo de posibilidades. Pero en consulta nos encontramos cada vez más con una pregunta que merece calma:

¿Qué pasa cuando una herramienta que amplía nuestras capacidades empieza a sustituir el esfuerzo que las mantiene vivas?

Y no es una pregunta solo sobre adolescentes. También nos interpela a los adultos.

Usar mucho no es lo mismo que tener una adicción

Pasar muchas horas frente a una pantalla no basta para hablar de adicción. Lo que marca la diferencia es el control y el impacto en la vida. La OMS, en la CIE-11, reconoce el trastorno por videojuegos cuando hay pérdida de control, cuando el juego pasa por delante de otras actividades y cuando se mantiene a pesar de consecuencias negativas importantes.

En cambio, hoy no existe un diagnóstico oficial de «adicción al móvil», «a las redes» o «a ChatGPT». Por eso, con rigor, hablamos de uso problemático. Y es importante, porque convertir en patología cualquier uso frecuente de la tecnología tampoco ayuda a nadie.

¿Cuándo empieza a ser clínicamente relevante?

  • Cuando la persona pierde el control sobre el uso.
  • Cuando la pantalla le roba sueño, estudio, trabajo o relaciones.
  • Cuando abandona otras actividades que antes disfrutaba.
  • Cuando siente un malestar intenso si no tiene el dispositivo.
  • Cuando lo usa como principal forma de calmar sus emociones.
  • Cuando ha intentado reducirlo muchas veces sin conseguirlo.

Adolescentes: mirar más allá del reloj

Los datos piden atención, no alarma. Según el estudio internacional HBSC, publicado por la Oficina Regional de la OMS para Europa en 2024, el uso problemático de redes sociales entre adolescentes ha aumentado de forma clara, con las chicas especialmente afectadas.

7 %de adolescentes con uso problemático de redes en 2018
11 %en 2022 (casi 280.000 jóvenes de 44 países)

La investigación asocia este uso problemático con peor sueño, más ansiedad y síntomas depresivos y menor bienestar. Pero la mayoría de estudios son observacionales: que dos cosas vayan juntas no significa que una cause la otra. Un adolescente que se siente solo o ansioso también puede refugiarse más en el móvil.

La American Psychological Association lo resume bien: las redes no son buenas ni malas en sí mismas. Importan el contenido, el contexto, el momento evolutivo de cada chico o chica y, sobre todo, si desplazan el sueño, el movimiento y las relaciones. Por eso, más que preguntar «¿cuántas horas lleva con el móvil?», nos sirve preguntar «¿qué hace ahí y qué está dejando de hacer?».

Los adultos tampoco nos libramos

En los adultos cuesta más verlo, porque buena parte del tiempo de pantalla está justificado: correos, WhatsApp, noticias, trabajo, banco, mapas… Pero algo aparentemente productivo también puede volverse dependencia.

Miramos el móvil sin que haya sonado nada, interrumpimos una tarea una y otra vez para consultar algo, hacemos scroll sin saber muy bien qué buscamos o sentimos la urgencia de resolver cualquier duda al instante. Los estudios también asocian el uso problemático del smartphone en adultos con peor sueño, ansiedad y menor bienestar; de nuevo, hablamos de asociaciones, no de causas demostradas.

De Google a la IA: ya no delegamos solo la memoria

Hace años empezamos a dejar de recordar ciertos datos porque sabíamos dónde encontrarlos. En psicología cognitiva lo llamamos descarga cognitiva (cognitive offloading): apoyarnos en algo externo para aliviar a nuestra mente. La agenda, la lista de la compra, la calculadora o el GPS lo hacen continuamente. Y no es malo: libera recursos para lo que de verdad importa.

El problema aparece cuando dejamos de decidir conscientemente qué delegamos. Con la IA ya no externalizamos solo un dato: podemos delegar la búsqueda, la síntesis, la redacción, la planificación, los argumentos e incluso parte de las decisiones.

Lo que empieza a decir la investigación sobre la IA

La evidencia es joven, pero ya hay resultados que merece la pena conocer.

En un ensayo aleatorizado publicado en 2025 con 120 universitarios, quienes estudiaron usando ChatGPT libremente terminaron antes la tarea, pero en un examen sorpresa 45 días después recordaron menos.

57,5 %de aciertos a los 45 días estudiando con ChatGPT
68,5 %de aciertos estudiando de forma tradicional

Esto no significa que cualquier uso de la IA dañe la memoria; sí sugiere que usarla sin pautas mientras aprendemos puede quitarnos justo el esfuerzo que hace que lo aprendido perdure.

Con el pensamiento crítico ocurre algo parecido. Un estudio de Microsoft Research y Carnegie Mellon presentado en CHI 2025 analizó a 319 profesionales y 936 situaciones reales de uso. Cuanta más confianza tenían en la IA, menos pensamiento crítico decían poner en juego; cuanta más confianza en su propio criterio, más. Y un matiz interesante: la IA no elimina necesariamente el pensamiento crítico, lo desplaza hacia verificar, integrar y supervisar lo que produce la máquina.

En 2026, un estudio publicado en Frontiers in Psychology con 589 estudiantes y jóvenes profesionales propuso distinguir dos formas de delegar en la IA: una autónoma, en la que la usamos como andamio sin soltar el control, y otra dependiente, en la que le cedemos el pensamiento. La dependiente se asoció con menos motivación intrínseca y con una mayor cesión del control cognitivo. Lo más llamativo es que, en el momento, ambas pueden sentirse igual de productivas, y por eso cuesta darse cuenta de cuándo empezamos a depender.

Con esta evidencia sería prematuro afirmar que la IA está deteriorando nuestra atención o nuestra memoria de forma general. Pero sí hay motivos para vigilar la sobredependencia.

Una cosa es descargar trabajo para pensar mejor y otra muy distinta descargar el propio pensamiento.

¿Somos capaces de tolerar no saber?

Hay un aspecto menos estudiado, pero que vemos mucho en consulta: nuestra relación con la incertidumbre. Antes podíamos quedarnos con una duda y convivir con ella. Hoy la respuesta llega en segundos: quién era ese actor, qué significa este síntoma, qué contesto a este mensaje, qué decido… e incluso qué pienso sobre algo.

Buscar información es adaptativo. El problema llega cuando necesitamos una respuesta inmediata para calmar el malestar de no saber. Ahí la búsqueda deja de ser solo informativa y se convierte en una forma de regular emociones. Una pregunta que ayuda: ¿busco para comprender o busco para dejar de sentir incertidumbre?

Eso sí, la relación entre dependencia de la IA e intolerancia a la incertidumbre todavía necesita investigación. Hoy es una hipótesis clínica, no un hecho demostrado.

Señales a las que prestar atención

Más que contar minutos, conviene observar si la tecnología está cambiando nuestra vida:

  • Nos cuesta parar, una y otra vez.
  • Desplaza el sueño, el deporte, el estudio, el trabajo o las relaciones.
  • Revisamos el móvil de forma automática.
  • Sentimos irritabilidad o ansiedad intensa cuando no podemos acceder a él.
  • Lo usamos sistemáticamente para escapar de emociones incómodas.
  • Vamos abandonando actividades fuera de la pantalla.
  • No soportamos quedarnos con una duda.
  • No logramos concentrarnos un rato sin mirarlo.
  • Delegamos cada vez más tareas que antes resolvíamos por nuestra cuenta.

Una pregunta para la IA

«¿Podría hacer esto si mañana dejara de estar disponible?» No hace falta que la respuesta sea siempre sí; nadie necesita hacer de cabeza todo lo que hace una calculadora. Pero si empieza a ser no en cosas importantes para nuestra autonomía, merece la pena revisar cómo la estamos usando.

Usar la tecnología sin renunciar a ella

La solución no es volver a un mundo sin pantallas, sino recuperar la intención. Podemos reservar momentos sin dispositivos (el sueño, las comidas, el estudio profundo, las conversaciones importantes) y quitar notificaciones innecesarias para que no sea cada estímulo el que decida dónde ponemos la atención.

Con adolescentes, además de poner límites, necesitamos enseñar alfabetización digital y autorregulación. Prohibir sin enseñar no los prepara para un mundo en el que estas herramientas van a seguir estando. Aquí el trabajo con la familia suele ser clave.

Y con la IA, una regla muy sencilla: primero pienso, después consulto y al final verifico.

  1. Antes de preguntar, intento recordar.
  2. Antes de pedir un texto, esbozo mi propia idea.
  3. Antes de pedir una solución, intento resolverlo.
  4. Después uso la IA para ampliar, confrontar o corregir.
  5. Y compruebo lo importante en fuentes fiables.

Así la IA acompaña nuestro pensamiento en lugar de sustituirlo.

Cómo lo abordamos en Vinkula

En Vinkula entendemos las adicciones conductuales con una mirada que va más allá de eliminar una conducta: nos interesa comprender qué función cumple. Una pantalla puede dar entretenimiento, conexión y aprendizaje, pero también puede servir para no sentir soledad, ansiedad, aburrimiento, conflicto o incertidumbre.

Por eso, en nuestra Unidad de Adicciones y Patología Dual, el abordaje del uso problemático de la tecnología mira a la persona completa: su regulación emocional, la impulsividad, sus relaciones, el contexto familiar, el sueño, el funcionamiento académico o laboral y las posibles dificultades psicológicas que puedan acompañarlo. Atendemos tanto a adolescentes como a adultos, en Madrid y online.

Porque quizá la pregunta más útil no sea cuánto usamos una pantalla, sino qué función cumple en nuestra vida, cuánto control conservamos y qué estamos dejando de hacer —o de pensar— por nosotros mismos.

¿Te reconoces en algo de lo que has leído?

Si lo ves en ti, en tu hijo o en tu hija, el equipo de Vinkula puede acompañaros. Terapia presencial en Madrid y online.

Una nota de transparencia

Sería poco coherente hablar de todo esto sin contar cómo se ha escrito este artículo. Para prepararlo he utilizado inteligencia artificial como apoyo para buscar y cotejar estudios. La base, la mirada clínica y el criterio son míos, fruto de mi formación y de muchos años de consulta, y cada dato ha pasado por mi revisión antes de llegar aquí. He intentado aplicar lo mismo que propongo: primero pensar, después consultar y, al final, verificar.

Verónica Gutiérrez, psicóloga clínica (COP Madrid M21166). Vinkula Psicología.

Referencias

  1. OMS Europa (2024). Teens, screens and mental health (estudio HBSC). who.int
  2. American Psychological Association (2023). Health Advisory on Social Media Use in Adolescence. apa.org
  3. OMS. Gaming disorder (CIE-11). who.int
  4. Barcaui, A. (2025). ChatGPT as a cognitive crutch: Evidence from a randomized controlled trial on knowledge retention. Social Sciences & Humanities Open, 12, 102287. sciencedirect.com
  5. Lee, H.-P. et al. (2025). The Impact of Generative AI on Critical Thinking. CHI ’25. doi.org
  6. Zhu, Q. et al. (2026). Not all cognitive offloading is equal: distinguishing dependent and autonomous offloading to generative AI. Frontiers in Psychology. doi.org
¿Uso intensivo o adicción? Qué dice la evidencia sobre redes, móvil e inteligencia artificial en adolescentes y adultos, y cómo recuperar el control.
Scroll al inicio